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martes, 13 de mayo de 2014

LITERATURA VENEZOLANA

lA COLOQUIALIDAD URBANA
Santos López (poeta)
Santos López (Mesa de Guanipa, Anzoátegui, 1955) Es un poeta, gerente cultural y periodista venezolano. Está iniciado en la espiritualidad del África Occidental.
Biografía
Como director-fundador de la Casa de la Poesía Pérez Bonalde (fundada en 1990, organizó la Semana Internacional de la Poesía de Caracas con 12 ediciones. También promovió once ediciones del Concurso Nacional de Poesía para Liceístas y cinco ediciones del Premio Internacional de Poesía “Pérez Bonalde”. A través de las actividades de la Casa de la Poesía contribuyó a subrayar dos aspectos en el panorama de la poesía venezolana: la importancia de mantener vínculos con las voces poéticas mayores nacionales y el papel de los recitales para la promoción y masificación de la poesía en la sociedad. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, alemán, francés, chino, coreano e italiano. Ha participado como poeta invitado en festivales y encuentros en Portugal, Francia, Colombia, Cuba, México, Chile, Bélgica, Benin y Austria.
Reconocimientos
Premio Municipal de Poesía en 1987.
Premio Municipal de Poesía 2001.

EL ENSAYO EN LOS 80
María Fernanda Palacios (Caracas, 1945) es una escritora que traza sus textos en el aire. Ya Roberto Martínez Bachrich dijo que ella hace de sus clases un género literario. Que todo alumno que pasa por sus salones termina enamorado. Por eso, el Festival de la Lectura Chacao decidió rendirle tributo: para honrar toda una vida dedicada a formar lectores.

A la venezolana le avergüenza recibir un homenaje en vida. Dice que son embarazosos, que no merece alguno. Que lo recibe en nombre de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Ahí tiene más de cuatro décadas como profesora. "Si el futuro de la literatura está en manos de los lectores, hay que ser optimistas. La Escuela de Letras es un semillero de excelentes lectores", indicó la autora de Sabor y saber de la lengua.

La ensayista tenía 38 años sin publicar un libro de poemas. Ella cuaja su poesía lentamente, entre la pausa, los silencios, la espera. Así editó el año pasado Y todo será cuento un día, una selección de versos escritos en los años 70 y 80. "Hay escritores que escriben toda la vida. Yo no me siento poeta en ese sentido. Soy más docente. Para mí, la poesía es algo que por rachas me acompaña. De ahí a atreverme a publicar es otra cosa. Uno hace poesía, pero ni toda es publicable ni uno está dispuesto a publicar todo", indicó la caraqueña, que en el 74 editó Por alto/por bajo.

Palacios cree que hay autores que publican más de lo que deberían como para que ella también haga lo mismo. Por eso publica poco. "Es muy malo cuando un escritor se siente obligado a publicar una novela todos los años. O que siente que si no publica es como si hubiese dejado de existir. Hay muchos que se apresuran, o que se ponen a inventar. Andan buscando un tema en vez de esperar que el tema los busque a ellos".

Las editoriales también hacen lo suyo. Libros efímeros de autores mediáticos que aseguran grandes ingresos reinan en las librerías. También en las ferias. "La parte comercial del negocio editorial convierte la literatura en un consumismo, como también ciertas políticas de Estado que publican una barbaridad de libros para el adoctrinamiento. Pero la otra cosa siempre existe, el lector exigente que sabe lo que viene a buscar", agregó la poeta, que destaca la atmósfera que encuentra en festivales literarios.

Ya el mexicano Gabriel Zaid dijo que la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan. "Y él tiene razón en lo que dice. El problema no es el número de libros que leas. La cultura no toda es libresca. Hay mucho libro que hace daño", agregó la autora del ensayo Ifigenia: mitología de la doncella criolla (2001).

Por eso, la escritora tiene cuidado con ciertas campañas. "Uno no tiene que convertir esto en un eslogan, decir 'hay que leer'. Hay que ver qué leemos también. Hay que leer con conciencia, saber qué se está leyendo, Pero sí hay que estimular a que la gente se acerque a ciertos libros u ofrecer orientación abierta. Yo preferiría que la gente leyera más literatura y menos autoayuda, menos libros de dietas. No creo que por leer libros de autoayuda la gente vaya a convertirse en un lector de Dostoievski o de Rulfo".

Si Mario Vargas Llosa dijo, en su último libro, que la banalización llegó a la cultura, Palacios cree que no hay forma de evitarlo. "Es una realidad de los tiempos. Hay que vivir con eso. No es la primera vez que una sociedad se queja de ello. Ahorita leo mucho sobre la Francia del siglo XIX, que vemos con añoranza. Y al leer la crítica de esa época, la gente se quejaba de lo mismo. Como que eso es parte de ser culto".

Así, Palacios también añora las lecturas de antaño. "La literatura popular eran las novelas de vaqueros, de detectives. Y eso sí te lleva a leer literatura. La autoayuda te ofrece una receta para convertirte en un zombi", agregó la poeta, que cree que el lector debe iniciarse en la infancia. "Hay que revisar la manera de enseñar a niveles primarios. La literatura infantil de ahora está más enfocada en los dibujos. Los cuentos de antes, Tío Tigre y Tío conejo, sí eran cuentos de iniciación del niño en lo que es la vida. Eso sí es literatura", concluyó Palacios. La suya, sus clases, sus poemas, también lo son.

Edward Said y las causas perdidas
Por: Ennio Jiménez Emán
A Edward Said lo descubrí por primera vez a mediados de los años 80 en la revista cultural Escandalar que dirigía mi amigo, el poeta Octavio Armand, en Nueva York, y que vendían algunas librerías de Caracas. Allí leí varios trabajos suyos, entre los que recuerdo el ensayo “Abecedarium Culturae”, texto denso lleno de sugerentes ideas sobre filosofía, literatura, artes, música, lingüística, antropología y otras disciplinas, y donde se entrecruzan planteamientos sobre la modernidad literaria y artística e igualmente las vanguardias, ideas originales sobre psicología, sociología y política entretejidos con los discursos plásticos y literarios. Estas ideas me resultaron, pues, muy claras y sugestivas, aunque finalmente no sé en que libro de Said fue incluido este “Abecedarium Culturae”.

Lo cierto fue que posteriormente continué topándome con ensayos, crónicas y estudios suyos esparcidos en periódicos, revistas y magazines culturales de varios países y traducidos a diferentes idiomas, pero era bastante difícil encontrar sus libros en librerías venezolanas e incluso latinoamericanas, porque parecían no haber sido traducidos. Sin embargo estos, escritos en inglés, circulaban sobre todo en Estados Unidos e Inglaterra, Israel, y países del mundo árabe como Egipto, Arabia Saudita, Líbano, Argel, entre otros. Así, pues, poco a poco se fue traduciendo su obra al español y otros idiomas y se fueron conociendo y difundiendo mejor sus ideas.

Más tarde alcancé a leer las páginas de su intensa, honesta y dolorosa autobiografía Fuera de lugar. De este libro opinó Salman Rushdie que era “un acto intensamente conmovedor de reivindicación y comprensión, el retrato de una educación transcultural, y a menudo dolorosa”. En las líneas finales del texto Said, ya enfermo de cáncer, estuvo luchando contra el insomnio y viendo que no había medios para vencerlo, decidió entregarse a él hasta ir perdiendo las fuerzas y morir agotado, pero en combate y con toda su energía.

Said nació en Jerusalén en 1935 y murió en 2003 en Nueva York. Fue profesor académico en varias universidades de Estados Unidos, sobre todo en Columbia, e invitado en Inglaterra a otras tantas. Sobre política escribió sendos libros y cientos de artículos esclarecedores, especialmente sobre el asunto palestino y sus repercusiones en el Medio Oriente y la escena internacional. Palestina está en la base de su pensamiento, esa tierra que sigue siendo arrasada por la barbarie de una cruel guerra sin fin donde, como afirma el escritor judío David Grossman, la muerte es una forma cotidiana de vida y el enfrentamiento no se lleva a cabo sólo entre palestinos e israelíes sino “entre los que no están dispuestos a ceder a la desesperación y los que intentan convertirla en una forma de vida”. Igualmente sus escritos sobre el humanismo occidental clásico y contemporáneo exponen ideas certeras, esclarecedoras, bien argumentadas y brillantemente expuestas.

En su libro Reflexiones sobre el exilio (Editorial Random House Mondadori, Barcelona, 2005), se recogen ensayos suyos sobre los temas que hemos mencionado con anterioridad y de aquí selecciono uno dentro de esta selva de conocimiento, erudición y buena escritura, que particularmente me llamó la atención. Es un ensayo sobre las “causas perdidas”, no sólo en política o historia, y que ya sabemos que en la cruzada política y desde “la narración global del poder” del mundo occidental del pasado siglo, corresponde a los pueblos minoritarios, aborígenes, comunidades negras, campesinas y gitanas marginadas de los epicentros culturales, y que sin embargo afirman contra viento y marea su supervivencia y autodeterminación, incluso en el presente siglo, sino que Said estudia cierta “narrativa de los perdedores” en la literatura europea, o más precisamente, en cuatro novelas: el Quijote, de Cervantes, Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, La educación sentimental, de Flaubert y Jude el oscuro, de Thomas Hardy. Por supuesto el ensayo relaciona estas obras con sus contextos sociales y epocales y da pie a Said para reflexionar y repensar su actividad y la de sus correligionarios en el contexto de los últimos cuarenta años en el mundo árabe y del Islam en general, muy especialmente el conflicto árabe-israelí. Aquí me centraré sólo en el comentario literario, humanístico y filosófico de estas obras siguiendo la pista de los juicios de Said y asomando algunas opiniones mías.

Para ubicar y abarcar la intención y la característica existencial de los personajes de estas tres novelas, Said echa mano de un concepto que el crítico György Lukacs expone en su Teoría de la novela, según el cual el Quijote y La educación sentimental expresan a través de sus personajes una suerte de “romanticismo de la desilusión”, en donde el concepto del tiempo es percibido como ironía y donde “el héroe individual lucha por lo que nunca consigue: la correspondencia entre su idea y el mundo”. Según Lukacs en el mundo moderno la novela sustituyó a la épica. Mientras esta última presentó un mundo de dioses y héroes, la novela a partir del Quijote refleja “un mundo caído al que Dios ha abandonado”. De esta manera, comenta Said, los personajes de estas tres novelas “no pueden adaptarse realmente al mundo histórico y secular porque están habitados por los recuerdos de lo que han perdido”. Por supuesto que Don Quijote no pudo restablecer la época caballeresca ni tampoco revivir los ideales del Amadís de Gaula, pero, argumenta Said, “la fuerza de su convicción es tal que llega incluso a someter la sórdida realidad de este mundo nuestro, extremadamente falto de heroísmo” a “un idealismo cuyo convencimiento y fervor parecen mirar atrás, a una época que ya ha desaparecido”.

Otro tanto ocurre con los dos personajes principales de la novela de Flaubert, Frédéric Moreau y su amigo Deslauriers, quienes llegan a París llenos de sueños y ambiciones: intentan convertirse en el futuro en escritores, intelectuales o filósofos y luego en políticos encumbrados. Pero nada de esto logran. Diversos sucesos y acontecimientos van truncando sus sueños, incluyendo los días de la llamada revolución de 1848. El espíritu de la revolución y de Francia han dejado de existir ya que Napoleón III, sobrino de Bonaparte, domina el país. Moreau sobrevive y va del ocio de su inteligencia a la “inercia de su corazón” y no puede concretar ninguno de los sueños intelectuales de su juventud. Para referirse al estado donde caen los personajes de Flaubert, Said cita una frase de Max Weber para quien el mundo moderno no es un lugar de perpetuo veraneo sino “una noche polar de gélida oscuridad y dureza”.

Jude el oscuro, la última novela del escritor irlandés Thomas Hardy describe un personaje sin ningún aliento de esperanza, para quien se hace imposible alcanzar algún logro: es el rey de las causas perdidas. Jude Fowley, joven campesino, empieza su camino de ambiciones y trata de completar una carrera universitaria para así obtener conocimiento, éxito y reconocimiento social. Pero no ve concretada ninguna de estas metas. En el camino conoce el dolor, el desengaño y la pena. Las dos mujeres que entran en su vida tampoco le brindan el sosiego deseado. Así, se va decepcionando hasta llegar a la degradación y finalmente a la muerte.

Para Said el personaje de Hardy va al extremo, incluso más allá del de Cervantes y Flaubert. Escribe Said: “mientras Don Quijote y Frédéric Moreau podrían haber sido capaces de alcanzar algún logro, el uno como caballero y el otro como joven relativamente rico y de buena educación, Jude está incapacitado desde el principio. Hardy se ocupa de que ambas circunstancias y sus propias incapacidades socaven todo lo que hace”. Y más adelante arguye Said irrevocablemente: “Lo que la novela ofrece, por tanto, es una narración sin redención (…) Lo que quedan son las ruinas de las causas perdidas y la ambición derrotada”.

En la novela Los viajes de Gulliver (“un libro que sin duda no es una novela, sino una sátira política con un final extremadamente deprimente”, comenta Said) Swift lleva su personaje primero a un país diminuto, Liliputh, donde por su tamaño es dueño de una fuerza impresionante y colosal, pero a la vez posee como contraparte una evidente debilidad de carácter y ceguera social y política. Luego lo ubica en Brobdingnag, donde ahora es enano en un país de gigantes en el que una vez más “ni su agilidad relativa ni su gran experiencia le sirven de mucha ayuda”; allí no se le concede a Gulliver ni una pizca de gracia redentora: desde la perspectiva de los habitantes de Brobdingnag, todo lo noble o bueno parece ser terriblemente depravado. Swift deja en el aire un sentimiento absoluto de derrota.

Y según lo que exponen estos cuatro autores en sus obras tardías leídas por Said, el optimismo ingenuo de sus primeras obras y también presente en gran parte de la literatura occidental en general, de que “al final de los tiempos el bien prevalecerá y el mal será derrotado”, queda superado o anulado. Esto parecería expresarse, como piensa Said, en ciertas obras tardías de autores occidentales (y también orientales). Pero también sabemos que de por sí la vida es una “derrota”, ante las pocas posibilidades que tenemos frente a la muerte, pero precisamente, pienso yo, esta derrota es lo que le confiere un sentido particular a la vida.

Si pasamos de la literatura a la vida pública, entonces las “causas perdidas” toman otro sentido más práctico. Said reflexiona honesta y sabiamente en torno a su compromiso con la causa palestina y habla de las diferentes guerras donde el pueblo judío y el palestino se han visto llevados a protagonizar una lamentable tragedia humana. Indudablemente, como afirma Said, los palestinos tienen derecho a aspirar a construir una nación y aspirar a poseer una tierra natal. Pero los errores de ambos pueblos los han precipitado a una absurda guerra, que no se resuelve por los obstinados representantes radicales de ambos lados, que no quieren la paz.

Said puntualiza con lucidez que después de todas estas guerras territoriales y firmas de acuerdos de paz frustrados, “algo que comenzó con esperanza y optimismo, terminó con amargura o desilusión y decepción”, dándole forma a una “causa perdida”. Y refiriéndose a los judíos afirma que “fueron derrotados y destruidos una vez y consiguieron regresar en una fecha posterior” (Esta idea de la “derrota” histórica y existencial del pueblo judío también la sostenía Walter Benjamin). Entonces, escribe Said, la verdadera condición de una causa perdida humana, existencial -o política- “no queda ni incapacitada por un sentido paralizante de la derrota política ni impedida por el optimismo sin fundamento y la esperanza ilusoria”. Somos “derrotados”, pienso yo, pero hay que comenzar de nuevo sin ninguna garantía.

Como escribió Said al final de Fuera de lugar, cuando estaba en tratamiento de su enfermedad, siendo víctima del insomnio y de los trastornos corporales que ella conlleva, encontraba ratos de lucidez para reflexionar sobre la vida y la existencia, y entonces el insomnio y la posibilidad de no poder descansar se convertían en su última bendición: “Para mí no hay nada tan vigorizante como dejar atrás rápidamente el sopor después de haber perdido la noche”. O como afirma David Grossman en las primeras páginas de su crudo y poético libro La muerte como una forma de vida: "A veces, la reformulación de una situación que parecía ya perdida, eternizada y fosilizada, permite recordar que no existe en realidad ningún decreto divino que nos condene a ser víctimas irredentas de la apatía y la parálisis”.

JUEGO Y FORTUNA EN EL ENSAYO LITERARIO POR
JUAN CARLOS SANTAELLA
No es tarea facil establecer con respecto al ensayo literario venezolano de los últimos veinticinco años pautas y esquemas analiticos que nos puedan ofrecer una vision exhaustiva del mismo. Por su particular condici6n, por las caracteristicas que no animan y mueven en torno a sus ejes estilísticos y conceptuales, el ensayo suele escapar a todo intento de comprensión definitiva. Genero que contiene al mismo tiempo todos los demas, su estructura singular rebasa todas las fronteras posibles para instalarse en un espacio de absoluta libertad y de impredecible riesgo. Por tanto, toda argumentacion que pretenda obtener a partir de su materia claves definitivas para su comprension, corre  riesgo de encontrarse, sin duda, frente a la imagen de un laberinto cuyas muiltiples salidas aparecen y desaparecen por doquier. En suma, el ensayo posee una especial dialectica que le otorga una movilidad escritural mas ally de las formulas, metodos y exactitudes propias de otros saberes. Su realidad inmediata se centra en el lenguaje, en la forma que inaugura. Por ello mismo, fortuna y juego le son esenciales, tal y como sefialaba Theodor Adorno. Sin estos dos aditivos basicos, el ensayo no podria aspirar a formular su esencia y tambien su verdad. Para poder trazar una breve historia del ensayo literario venezolano de las dos (ultimas decadas, es preciso referirnos un poco a esa primera contemporaneidad en la cual este se ha manifestado y que tiene como escenario al periodo comprendido entre 193 0 y 1960. Es
Importante señalar  que ambos ciclos dividen, en cierta manera, no solo la historia concreta del ensayo en nuestro país, sino que al mismo tiempo, delimitan una frontera estética y ética con respecto al devenir de toda la literatura nacional. Evidentemente, antes de 1958 Venezuela tenía una ensayística, es decir, un cuerpo de ideas y señalamientos específicos expresados a través de un conjunto significativo de escritores. En este sentido, bastaría con decir que la base fundamental del ensayo literario venezolano indicado al respecto, se organiza a partir de su condición humanística, de su sentido claro en lo que se refiere a  ciertos ideales de clasicidad, orden y rigor estilistico. Este es un ensayo que prospera atendiendo a un orden constituido en las exigencias de lo pedagogico, en el imperativo educacional. Es un ensayo que busca, principalmente, ensefiar, indicar caminos y rumbos que posibiliten una comprensión de lo venezolano. Por eso, toda Ia reflexión ensayística que hallamos en escritores como Rómulo Gallegos, Enrique Bermardo Nunfez, Mario Brice –no Iragorry, Picon Salas y Uslar Pietri, entre otros, se concentra en el interds por explorar en las vertientes reales e imaginarias del modo de ser del pais. Para estos ensayistas, Venezuela precisaba de la formulacion de un pensamiento que se manifestara en la solidez argumental de sus planteamientos. Afos en que el concepto de nacionalidad acudiria como auxilio y punto de partida para la elaboracion de un corpus analitico que en el ensayo se iria a reflejar abundantemente. El proyecto novelistico de Gallegos va a la par de su proyecto ensayistico. Uno se nutre del otro y de los dos nace una manera particular de explicar, de ver y de sentir al pais. Por supuesto que no puede homogeneizarse todo ese vasto proceso de escrituras y estilos dispares. Tan solo insisto en recordar que la ensayistica anterior a la ddcada del sesenta, responde a una concepción humanistica de los avatares nacionales, surge en medio de contextos politicos y económicos bien determinados. Oscar Rodriguez Ortiz refiere, a proposito de la actividad ensayistica de ese largo periodo, los vinculos estrechos entre la forma del ensayo y su correlato etico. "La finalidad del recorrido -dice- es etica porque el ensayo venezolano de la primera contemporaneidad se ancla en un sentido: el de literatura de ideas con imAgenes pedagógicas al que se llega desde el eje del humanismo". De modo que podriamos indicar, segin se desprende de esta observacion, que la ensayistica que recorrerA estas complejisimas decadas, se proyecta bajo su doble situacion tica y humanistica. Aun y en un escritor como Andres Mariflo Palacio, cuya obras ensayística respira a través de unos impulsos supranacionales para construirse desde una perspectiva mis universal, no obstante reflexiona en muchos momentos desde realidades inmediatas. Después de la caída de la dictadura, la literatura venezolana entra en una etapa de renovaci6n y de reinterpretaci6n de la cultura nacional. La apertura democrática cre6 un nuevo orden ético y estético en donde la figura del escritor se conformaría a partir de un inédito paisaje imaginario. El concepto de instituci6n literaria cambia radicalmente, porque también ha cambiado el contexto político del país. En consecuencia, las relaciones de los escritores con el mundo inmediato que los rodea, originara posiciones definitivas, vehementes, repletas de una irreverencia estética e ideológica que veremos expresada tanto en la prosa de ficcion, en la poesia y, desde luego, en el ensayo literario. Es bien conocido el rol intelectual que jugaron en la escena politica y cultural de aquellos aflos, grupos literarios como Sardio, Techo de la Ballena y el grupo que se nucle6 alrededor de la revista Critica contempordnea. Especialmente en esta (iltima fue donde tuvo una mayor ascendencia un tipo de ensayo que se nutria de sus vinculos estrechos con el trabajo universitario. Surge, entonces, una generacion de ensayistas repartidos en distintas áreas del saber y cada uno intentando responder no solo a las demandas e interpretaciones que el pais politico reclamaba sino a imperativos individuales, a busquedas privadas dentro de un campo de accion y de mediacion que la contemporaneidad exigia. Se repite el viejo fenomeno de la antigua ensayistica, pero con signos distintos. Muchos de estos ensayistas son, a Ia vez, creadores, ejercen el oficio de poetas y novelistas. Es esta una constante singular en la literatura venezolana del siglo veinte, la cual permite, por razones logicas, que un poeta sostenga al mismo tiempo una escritura de naturaleza ensayistica. Desde luego que existen verdaderas excepciones, pero es comun en el escritor venezolano propender a una especie de sentido integral con relacion a su labor como intelectual. La critica, el ensayo y la poesia andan casi siempre juntas, se reparten sus intereses, amarran sus deseos. De esta fase del ensayo literario podemos citar algunos nombres: Juan Nuflo, Manuel Caballero, Ludovico Silva, Orlando Araujo, Elisa Lemner, Guillermo Sucre, EugenioMontejo, Luis Britto Garcia, Juan Liscano, Francisco Rivera, Domingo Miliani, Rafael Cadenas, etc. La lista puede ampliarse con irreprochable generosidad, pero es preciso fijar algunos puntos de referencia que a mi juicio son esenciales. Es oportuno establecer en este inventario somero acerca del ensayo literario en los iltimos veinticinco afios, algunas consideraciones relativas a lo que podriamos liamar la coexistencia de la critica literaria y el ensayo en un mismo espacio de solicitudes imaginarias y conceptuales. Por lo general se suele insistir, a la hora de demarcar rumbos y dar cuenta de una producci6n, en el caracter deficitario de ambas actividades. Siempre se parte del hecho de que no hemos tenido una ensayistica a la altura de nuestras expectativas y, simultAneamente, adolecemos de una critica que sepa dar cuenta de las obras que se mueven en un espacio de diferencias, tendencias y lineas est6ticas diversas. En primer t6rmino, debemos separar estas modalidades discursivas y encontrarle a cada una de ellas un lugar especifico en el marco de sus objetivos concretos. Deficitaria o no, la critica literaria venezolana tiene unos puntos de referencia, en su origen y en su prActica, que son opuestos al desarrollo del ensayo. Cuando la critica literaria aparece en Venezuela mostrando un nivel de academicismo, que coincide con la renovaci6n de los estudios literarios llevados a cabo en Europa, el ensayo ya tenia en el pais un perfil particular. Ya hemos acotado el sustrato humanístico del mismo que prevaleci6 en las tres o cuatro d6cadas del siglo. Paradigmas sobre su condici6n están a la mano: Pic6n Salas, Uslar Pietri, García Bacca son el principal caldo de cultivo de un g6nero por el cual pudimos instalarnos modernamente en una reflexi6n que partía de lo particular y culminaba en lo universal. Sin embargo, no se puede negar el influjo que en los comienzos de los sesenta hasta finales de los setenta depara la crítica literaria para efectos de la comprensi6n del texto literario. Este impulso de la crítica, cuyas vertientes mis estimulantes provenían del estructuralismo y el psicoanálisis, fueron modificando, diríamos mejor alimentando, una percepci6n del fen6meno literario que con el tiempo fecundaría en un tono escritural amigo y compañero del ensayo literario, Como es ese ensayo que nace ya en los ochenta y todavía navega en las aguas de un mar que se insiste en llamar posmoderno?

Hay un ensayo humanista, clásico, que se pasea durante los cuarenta primeros años del siglo veinte. Luego tenemos un ensayo moderno, contemporáneo, que se nutrirá de múltiples puntos de vista y se expresa en una Venezuela de nuevos hallazgos políticos e intelectuales. Despu6s arribamos a un ensayo que podemos calificarlo, a falta de otra palabra, de posmoderno, es decir, entendiendo como tal una escritura, un estilo y una temática que prefiere abordar cualquier posibilidad imaginaria, cualquier materia de su predilecci6n. Atrás comienzan a quedar las viejas posturas axiomáticas que caracterizaron, en buena parte, el destino reflexivo de la literatura en los años setenta. En cierto sentido, hay un volver al ideal clásico del ensayo en lo que el mismo tiene de absoluta individualidad, tolerancia, inexactitud y riesgo. Entre otras razones, 6sta es una 6poca impregnada de un profundo escepticismo, de una profunda desolaci6n humana y afectiva. Por tanto, el ensayo apunta, en su concepci6n intima, a una libertad donde la palabra se fragmenta para adquirir un rostro lunar, un resplandor en las sombras.

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